miércoles, 5 de enero de 2022

Canal du Midi

 2010 - 2014

Uno de los recuerdos más entrañables de mis años tolosanos involucra una bicicleta, el canal de Midi y el mar Mediterráneo.

Alguien dijo que se podía ir de Toulouse al Mediterráneo en bicicleta. Aquella posibilidad me dejó maravillado y tenía que encontrar un buen momento para hacerlo. Hacia junio de 2013 había enviado el primer borrador de mi tesis y mi director me dijo: me tardaré al menos un mes en leerla. Tenía un mes libre...

Manos a la obra: una bicicleta Rockrider ajustada, asiento acolchonado, equipo para reparar llantas, suplementos energéticos, agua mejorada, lentes, música, guantes, reloj, lámparas, tenis, cámara fotográfica, latas de atún, una caja para meter todo y una mochila ligera. A las 4 a.m. de un cierto día del verano francés estaba listo para partir. El plan era llegar a Béziers ese mismo día, dormir ahí y al día siguiente completar el viaje a Agde, en el Mediterráneo.

El viaje fue una absoluta maravilla. Salí de madrugada con la ilusa esperanza de que amanecería pronto. No recuerdo a qué hora amaneció pero estoy seguro de que no fue pronto, las primeras horas me las eché en la oscuridad, siguiendo el camino únicamente con una lámpara en la bicicleta. Afortunadamente conocía bien los primeros kilómetros. Empezando la mañana hice la primera parada.


¡Y a seguir! La parte del canal dentro de Toulouse es una delicia, perfectamente pavimentado, limpio, suavecito. Pero en cuanto sales de Toulouse, ¡viva la terracería! A partir de ahí todo el camino estaba lleno de piedras, ramas cubiertas de telarañas que sortear, troncos de árboles que de vez en cuando me obligaban a desandar el camino, cruzar el canal y seguir por el otro lado. Aquel traqueteo y vibración serían los culpables de que mis manos no lograran sujetar ni siquiera el cepillo de dientes durante al menos un par de meses. Y en un momento, ¡el canal desaparece! Ah, porque hay que decir que yo le creí ciegamente a la persona que dijo que sólo era cuestión de seguir el canal para llegar al mar. Y ahí tienen que en algún momento no hay canal. Al parecer sigue de manera subterránea y reaparece un poco más adelante. Asustado y  mirando hacia todas partes con desesperación, allá al fondo encontré aliviado la continuación. Más adelante el canal vuelve a desaparecer o tal vez se conecta con un río o yo qué sé. El asunto es que deja de haber camino y nuevamente hay que buscarlo. De alguna manera lo encontré y algunas horas después ya estaba en Béziers. Habían pasado 15 horas de bicicleta, estaba fascinado pero también completamente exhausto, el cuerpo entero me dolía a tal grado de no poder sostener la pluma con la que debía firmar mi entrada al hotel.



A la mañana siguiente continué mi recorrido, aún faltaban algunas horas para llegar a Agde y con ello al mar Mediterráneo. Y así, sin más, llegué.

Pasé todo ese día echado en la playa leyendo, durmiendo, nadando, comiendo sopa de pescado y viendo francesas en bikini (¡y una que otra sin bikini!). Al día siguiente, de vuelta a Toulouse la fabuleuse.

Me esperaban 15 horas de camino. Mi cuerpo y mi mente de treinta y dos años se entregaron a aquel largo y sinuoso camino en solitario. De repente uno que otro ciclista, uno que otro barquito. Y nada más. Silencio muchas horas, música a todo volumen otras tantas, al tiempo que pedaleaba a toda velocidad. 

Una historia de tres: mi bici, el canal du Midi y yo.