Mayo 2014
¿Un país vale un divorcio? Probablemente no pero la tentación ciertamente se sintió.
La aventura japonesa empezó en Osaka (léase Ósaka), allá fui a dar invitado por el gran Takehiko Yasuda. La estancia de poco más de un mes también incluyó sendas visitas a Tokyo, Kyoto y Nara.
¡En Osaka todo me parecía fotografiable! No negaré que fui el típico turista occidental fascinado por todo lo que aparecía frente a mí: los anuncios luminosos, el envase de la leche y el jugo, las pequeñas esculturas de deidades, las flores, la gente fotografiando flores, la entrada del metro, los edificios descomunales, los hermosos jardines, los castillos, los templos, los santuarios, la acumulación de personas esperando cruzar la calle, jovencitas en falda, zapatillas negras y calcetas blancas, los nombres de las calles, el nombre de la universidad, la exuberante publicidad de los negocios, las fachadas de los centros comerciales, los nuphar japonicum, los títeres de Bunraku, las tablillas con plegarias, los edificios de videojuegos, la comida elegante, la comida callejera, el sushi de plástico en exhibición, las mujeres en kimono, las lápidas, los carros jalados por atléticos japoneses, grupos de hombres viejos jugando al ajedrez japonés.
Y también la noche. Caminando por calles repletas de grandes anuncios luminosos, me encontré con un discreto bar que se anunciaba con aquellos famosos labios y lengua de los Rolling Stones. Pensé: un bar rocker en Japón, debe ser una experiencia. Aquella se convertiría en una de las noches más divertidas de mi estancia en Osaka, aderezada por Paul McCartney, mucho sake y la presencia de una deidad de mirada y sonrisa malignas.
El lugar estaba en un subterráneo, tuve que descender a las entrañas de la tierra en busca del sweet rock and roll. Mientras bajaba las escaleras me di cuenta de que el pequeño bar, que consistía únicamente de una larga barra, estaba a reventar. Y mi presencia no pasó desapercibida: todo mundo volteó a verme completamente extrañado. La duda me invadió y seguramente se notó. Tuve unas ganas intensas de dar media vuelta y huir, pero me armé de valor y continué hasta la esquina de la barra para pedir, en mi mejor japonés, una cerveza: biru o kudasai. El amiguito en la barra sonrió y me la entregó. El barman era un viejo rocker. Tenía una gran colección de cd's y vinilos de rock de todo el mundo (ya bien entrada la noche nos puso algo de rock en español, casi estoy seguro de que era una onda chicana). Solo él atendía el lugar, se las arreglaba para mantener borrachos a los borrachos al tiempo que escogía la música y se tomaba una que otra cervecita (suena a plan para la jubilación: un pequeño bar con mi colección de rock progresivo y vender y beber cerveza cuatro días a la semana).
Instalado en la esquina de la barra con mi cerveza, abrí mis sentidos. Y entonces un borracho me habló. Previo a mi visita a aquel país tomé unas apresuradas clases de japonés. Y sí que sirvieron. En ese momento tenía memorizadas una gran cantidad de frases que sabía que iban a causar sensación o que al menos me iban a sacar de apuros (aún recuerdo una: ryori wa oichikatta desu, ¡cuánto me la celebraron!). De alguna manera logré comunicarme con el alegre borracho aquel, en un idioma que inventamos esa noche. Lo que entendí fue que Paul McCartney había cancelado un concierto en Osaka esa noche y buena parte de la gente del bar estaba ahí tristeando por eso. Tal vez por la euforia del alcohol y la sorpresa del extranjero aquel que podía decir dos o tres cosas en japonés (sin entender nunca la respuesta del interlocutor), cortesías de sake empezaron a llegar. Uno y otro sake llegaban a mi esquina, que yo recibía con una enorme sonrisa. Y bebimos y reímos. Pasaron las horas escuchando buen rock y poco a poco el bar se empezó a vaciar. Y entonces llegó el grupo de jóvenes. Tres jóvenes, dos de ellos, una de ellas, hicieron su aparición. Empezaba el segundo round.
En ese momento podía hablar un japonés sorprendentemente fluido (o al menos eso creía yo). Platiqué con los batos, no recuerdo de qué. Y con ella, en japonés y con las manos, tuve una profunda conversación sobre las dificultades de las diferentes maneras de conjugar verbos en su idioma. Y me entendía, ¡eso se nota en la mirada! Noche espiritual, un retorno a los elementos primitivos de comunicación.
El bar cerró. Yo estaba completamente perdido, tanto por el el exceso de sake como por la geografía. Nada de transporte público a esas horas. Caminé un largo rato, nada qué hacer. De repente vi abierta la entrada a un edificio de departamentos. Entré, me acomodé debajo de unos escalones y me dormí. Algún tiempo después, imposible de precisar, desperté. Tomé el metro y me fui a la residencia universitaria donde me hospedaba.