domingo, 5 de abril de 2026

Barcelona

 Junio 2014

Última visita en la gira europea. Una gira que empezó en septiembre de 2010 en Toulouse, para terminar en junio del 2014 también en Toulouse pero con un último paseo por Barcelona.

Como todo turista que pasa por ahí, yo también fui a maravillarme con la obra de Gaudí. El regreso a México era inminente, creo que tenía la cabeza más en eso que en cualquier otra cosa. Con todo, fueron unos días divertidos en Barcelona, con mucho baile, playa y majestuosa arquitectura.


Y con esto me despedí de Europa. No para siempre, como ya se verá. La larga estancia en aquel continente para hacer un doctorado en matemáticas había llegado a su fin.

viernes, 3 de abril de 2026

Kioto

Mayo 2014

Última visita en la gira japonesa: Kioto, la hermosa capital cultural de Japón. 


El teatro me ha acompañado toda mi vida adulta. Llegando a Japón le pregunté a mi anfitrión, el gran Takehiko, si había espectáculos de teatro Noh que pudiera ver. Menudo aprieto en el que lo metí. Ese teatro es cosa vieja, nunca en su vida había visto un espectáculo de esos. Y, aseguraba, no lo encontraríamos en Osaka. En su infinita amabilidad, el buen Takis se dio a la tarea de buscar algún lugar donde pudiéramos ver aquel mentado teatro Noh. Y lo encontró, pero tendríamos que viajar a Kioto. Y fuimos a Kioto, solo para eso. Nunca olvidaré ese gesto del Takis. Y allá fuimos, muy emocionados porque veríamos teatro Noh por primera vez en nuestras vidas.

Uff, qué tragedia. Pero no la del espectáculo que vimos, sino la de la experiencia de verlo: ¡qué insufriblemente aburrido es aquello! Alrededor de cinco horas de cuadros de tres o cuatro personajes que, sosteniendo una posición durante un tiempo que parecía una eternidad, recitaban algunos textos en un japonés antiguo (¡son textos milenarios, ni Takis lo entendía!). El poderoso café que nos tomamos antes de entrar no logró evitar que nos durmiéramos en algunos pasajes de la obra. Horas después, entre risas, logramos reconstruir entre los dos el espectáculo completo. Vaya experiencia. 

De vuelta a Osaka, llegó el momento de despedirse de Japón. Terminé profundamente enamorado de aquel país y de su gente. Podía intentar quedarme más tiempo, hacer un posdoc con el buen Takis, por ejemplo. Lo hablé con la esposa por Skype y me sentenció: si te quedas allá, adiós. ¿Valía la pena el divorcio? Ya nunca lo sabré.

Nara

 Mayo 2014

A Nara fui a visitar el famoso templo Todai-ji, a ver ciervos sagrados deambulando entre la gente, a engañar involuntariamente a una señora con mi falso japonés y a purificar mi espíritu en una aldea enmedio de un lago.

 

Corría el mes de mayo y el calor era sofocante. Previo a mi visita a Japón tomé unas improvisadas clases de japonés. Memoricé una buena cantidad de palabras y frases que sin duda me sacarían de algún apuro. Y tal vez me meterían en alguno. En el tren Osaka-Nara, una mujer de cierta edad se abanicaba con vehemencia. Mientras volteaba a todos lados agobiada por el calor, nuestras miradas se encontraron. Atsui desu, dijo. Las clases de japonés salieron al rescate: totemo atsui desu, dije yo con soltura. Eso fue un error. La mujer me miró completamente sorprendida de que el tipo occidental que iba en el asiento de enfrente pudiera hablar japonés. En un arranque de júbilo, se me acercó y empezó a hablar como enloquecida. Yo, asustado y divertido a la vez, repetía una y otra vez que no entendía nada de lo que decía. La mujer no me escuchaba o no quería hacerlo y continuaba hablando, cada vez en un volumen más alto, como si el problema fuera que no la escuchaba bien. Unos segundos después, seguramente decepcionada, se rindió. El tren llegó a una estación en ese instante. La mujer hizo un gesto de despedida y se fue, dejándome con una enorme sonrisa en la cara.

sábado, 3 de enero de 2026

Tokio

Mayo 2014

Después de un par de semanas en Osaka, el buen Takis me avisó que iba a recibir a otro colega y le preocupaba dejarme solo. ¡Faltaba más!, yo podía seguir trabajando solito, no problem! Pero, tan hospitalarios como son, no podía permitirse ignorarme mientras estaba su otro invitado. Su solución: me mandó una semana a Tokio, a platicar con la mismísima Shihoko Ishii. Y así fui a dar a la gran capital del imperio del sol naciente, en un viaje de tren que incluyó una preciosa vista del monte Fuji.

Shihoko Ishii es una de las estrellas de las singularidades japonesas. En ese momento era la directora del instituto de matemáticas de la Universidad de Tokio. Y yo era un perfecto desconocido para ella. Aún así, accedió alegremente a recibirme esa semana que el Takis estaría ocupado. Como toda la gente con la que traté en aquella estancia, Ishii fue increíblemente amable. Pese a todas sus ocupaciones, se dio tiempo para hablar conmigo sobre mis proyectos del momento, para llevarme a cenar a un lugar maravilloso e, incluso, ¡para jugar videojuegos conmigo! Así como se oye: la directora de uno de los institutos de matemáticas más importantes del mundo, una matemática de altos vuelos, me obsequió una tarde muy divertida en un establecimiento de videojuegos, nada menos que en Shibuya, una de las zonas de vida nocturna más vibrantes de Tokio. Naturalmente, después de los videojuegos yo me quedé a explorar la zona, llena de anuncios luminosos, tiendas, bares y mucha, mucha, mucha gente.

Curioseando las tiendas de música por ahí, me compré el único disco de rock en japonés que poseo, de una banda cuyo nombre no puedo pronunciar. 


Acabado el paseo, era momento de volver, con lo que dirigí mis pasos a la estación Shibuya. Me quedé pasmado frente al mapa del metro. Shibuya es una estación con muchísimas correspondencias, era simplemente imposible encontrar la línea que me llevaba a casa. ¡Entré en pánico! Seguramente se notó porque un par de jóvenes se acercaron a ayudar al pobre turista occidental. De alguna manera logré decirles a dónde iba. Y ahí me puse nervioso. Entraron al metro conmigo, uno me tomó del brazo, el segundo se puso a mi otro lado. Y yo pensé: ya valió madres, estos güeyes me van a asaltar. Caminamos juntos unos minutos, me llevaron hacia un andén, hicieron algunas señas indicando que esa era mi línea y, muy sonrientes, se despidieron. ¡Mis héroes! 

El resto de la semana transcurrió entre matemáticas (uff, qué dura fue la plática que di, no hay manera de sacarles una sonrisita a los amigos japoneses), visitas al mercado del mar de la ciudad, templos, mini ciudades futuristas, toparme con jóvenes cosplayers y presenciar ceremonias religiosas enmedio de un gran bazar.








miércoles, 3 de septiembre de 2025

Osaka

Mayo 2014

¿Un país vale un divorcio? Probablemente no pero la tentación ciertamente se sintió.

La aventura japonesa empezó en Osaka (léase Ósaka), allá fui a dar invitado por el gran Takehiko Yasuda. La estancia de poco más de un mes también incluyó sendas visitas a Tokyo, Kyoto y Nara.


¡En Osaka todo me parecía fotografiable! No negaré que fui el típico turista occidental fascinado por todo lo que aparecía frente a mí: los anuncios luminosos, el envase de la leche y el jugo, las pequeñas esculturas de deidades, las flores, la gente fotografiando flores, la entrada del metro, los edificios descomunales, los hermosos jardines, los castillos, los templos, los santuarios, la acumulación de personas esperando cruzar la calle, jovencitas en falda, zapatillas negras y calcetas blancas, los nombres de las calles, el nombre de la universidad, la exuberante publicidad de los negocios, las fachadas de los centros comerciales, los nuphar japonicum, los títeres de Bunraku, las tablillas con plegarias, los edificios de videojuegos, la comida elegante, la comida callejera, el sushi de plástico en exhibición, las mujeres en kimono, las lápidas, los carros jalados por atléticos japoneses, grupos de hombres viejos jugando al ajedrez japonés. 
 
 
 









 
Y también la noche. Caminando por calles repletas de grandes anuncios luminosos, me encontré con un discreto bar que se anunciaba con aquellos famosos labios y lengua de los Rolling Stones. Pensé: un bar rocker en Japón, debe ser una experiencia. Aquella se convertiría en una de las noches más divertidas de mi estancia en Osaka, aderezada por Paul McCartney, mucho sake y la presencia de una deidad de mirada y sonrisa malignas. 

El lugar estaba en un subterráneo, tuve que descender a las entrañas de la tierra en busca del sweet rock and roll. Mientras bajaba las escaleras me di cuenta de que el pequeño bar, que consistía únicamente de una larga barra, estaba a reventar. Y mi presencia no pasó desapercibida: todo mundo volteó a verme completamente extrañado. La duda me invadió y seguramente se notó. Tuve unas ganas intensas de dar media vuelta y huir, pero me armé de valor y continué hasta la esquina de la  barra para pedir, en mi mejor japonés, una cerveza: biru o kudasai. El amiguito en la barra sonrió y me la entregó. El barman era un viejo rocker. Tenía una gran colección de cd's y vinilos de rock de todo el mundo (ya bien entrada la noche nos puso algo de rock en español, casi estoy seguro de que era una onda chicana). Solo él atendía el lugar, se las arreglaba para mantener borrachos a los borrachos al tiempo que escogía la música y se tomaba una que otra cervecita (suena a plan para la jubilación: un pequeño bar con mi colección de rock progresivo y vender y beber cerveza cuatro días a la semana).
 

Instalado en la esquina de la barra con mi cerveza, abrí mis sentidos. Y entonces un borracho me habló. Previo a mi visita a aquel país tomé unas apresuradas clases de japonés. Y sí que sirvieron. En ese momento tenía memorizadas una gran cantidad de frases que sabía que iban a causar sensación o que al menos me iban a sacar de apuros (aún recuerdo una: ryori wa oichikatta desu, ¡cuánto me la celebraron!). De alguna manera logré comunicarme con el alegre borracho aquel, en un idioma que inventamos esa noche. Lo que entendí fue que Paul McCartney había cancelado un concierto en Osaka esa noche y buena parte de la gente del bar estaba ahí tristeando por eso. Tal vez por la euforia del alcohol y la sorpresa del extranjero aquel que podía decir dos o tres cosas en japonés (sin entender nunca la respuesta del interlocutor), cortesías de sake empezaron a llegar. Uno y otro sake llegaban a mi esquina, que yo recibía con una enorme sonrisa. Y bebimos y reímos. Pasaron las horas escuchando buen rock y poco a poco el bar se empezó a vaciar. Y entonces llegó el grupo de jóvenes. Tres jóvenes, dos de ellos, una de ellas, hicieron su aparición. Empezaba el segundo round.
 

 
En ese momento podía hablar un japonés sorprendentemente fluido (o al menos eso creía yo). Platiqué  con los batos, no recuerdo de qué. Y con ella, en japonés y con las manos, tuve una profunda conversación sobre las dificultades de las diferentes maneras de conjugar verbos en su idioma. Y me entendía, ¡eso se nota en la mirada! Noche espiritual, un retorno a los elementos primitivos de comunicación. 
 

El bar cerró. Yo estaba completamente perdido, tanto por el el exceso de sake como por la geografía. Nada de transporte público a esas horas. Caminé un largo rato, nada qué hacer. De repente vi abierta la entrada a un edificio de departamentos. Entré, me acomodé debajo de unos escalones y me dormí. Algún tiempo después, imposible de precisar, desperté. Tomé el metro y me fui a la residencia universitaria donde me hospedaba.

viernes, 9 de mayo de 2025

Lisboa

 Enero 2014

A la mitad del doctorado me quedé solo en Toulouse, ella volvió a México. Pero nos encontraríamos nuevamente en Francia para pasar una última navidad y fin de año juntos en Europa. Cena de navidad en un mini departamento entre St. Michel y Empalot. Fin de año en Madrid (una de las noches más divertidas en nuestra historia juntos). Inicio de año en Lisboa.

La ciudad nos recibió con un clima hostil. Una lluvia ligera y constante acariciaba a la ciudad. Impermeables puestos, empezamos nuestro recorrido. De Santa Apolonia hasta la plaza principal de Lisboa, ahí por donde alguna vez caminaron emperadores. Un día bastó para darnos cuenta de que Lisboa tiene cosas que no tienen otras capitales de ese continente. O tal vez sólo una: la gente sonríe.




Primera noche, una larga escalinata, las mesas de un bar que aún recuerdo.


Al día siguiente, al tranvía 28. Una larga espera para dar un paseo por la ciudad en el mítico vagón. La verdad, este legendario paseo tiene más magia en la pantalla de un cine que en el recorrido real.


La visita sigue entre museos, bares, jardines y restaurantes. Y de vuelta a donde empezamos: con doña Santa Apolonia.

jueves, 1 de mayo de 2025

Dublín

 Agosto 2013

Completamente exhausto llegué a mi última escala: ¡Dublín! 

Esencialmente el plan en Irlanda era beber cerveza, oír un nuevo acento en inglés y sentir la legendaria lluvia irlandesa. No me lo esperaba pero en Dublín fui a encontrarme con una vieja historia personal. Deambulando por las calles de Dublín, cansado después de un largo viaje que había empezado en Ámsterdam unas semanas antes, me encuentro con The Abbey Theatre. Un teatro que vivió una revolución. Y en ese mismo teatro, en ese mismo momento, se estaba presentando Major Barbara. ¡Cuántos recuerdos trae consigo una obra así! Major Barbara, Santa Juana de los Mataderos...



En una nota más divertida, mi guía de turistas (bendito Routard) decía: A moins d'etre particulierement asocial, vous ne resterez pas souvent seul plus de 10 mn devant votre verre. O sea, a menos que seas muy amargado, en un bar de volada habrá alguien que hablará contigo. En cada bar que visité estuve al menos un par de horas... siempre solo. 

martes, 29 de abril de 2025

Liverpool

 Agosto 2013

Mi vida musical empezó tarde pero empezó bien. El primer cassette que compré en mi vida fue uno de éxitos de The Beatles. En aquel momento, sin saberlo, empezaba a prepararme para un evento que habría de suceder en The Cavern, muchos años después. The Cavern, ahí donde cuarenta años antes empezaba una leyenda.

Después de dejar tristemente Manchester, dirigí mis pasos a Liverpool. Sin muchas ganas, francamente. La perspectiva de volver al viaje solitario no me emocionaba demasiado. Así llegué a Liverpool. Lo primero que hice fue lanzarme al museo de The Beatles. Bastante chafa. Para los fans no aporta nada nuevo. Y yo soy fan. Busqué mi hotel y tomé algunas fotos en el camino. La ciudad está impregnada de The Beatles, no tardé mucho en encontrar muros con motivos beatleros (o sus consecuencias naturales): Just give peace a chance. Llegué al hostal, dejé mis cosas y sin muchas ganas me lancé a la calle. Comí algo mientras escuchaba a una banda que tocaba en una plaza. No lo sabía pero estaba cerca del lugar. El lugar.


Nuestros antepasados vieron un águila devorando una serpiente. Para mi la señal fue un grupo de cuatro japoneses en trajes negros tomándose fotos con turistas. Me acerqué y vi un letrero anunciando bandas de todo el mundo rindiendo homenaje a la legendaria banda que causó sensación en esas mismas calles cuarenta años atrás. Eran las seis de la tarde.

Entré a The Cavern. Mientras bajaba unas escaleras la temperatura aumentaba y el ruido también. Después de recorrer un pasillo que parecía infinito me encuentro con cuatro tipos en traje: dos guitarristas, un baterista y un bajista zurdo. ¿Dónde estaba? ¿Era real todo aquello? ¿Qué estaban tocando? No recuerdo. Caminé de un lado a otro tratando de encontrarle algún sentido a todo aquello. Muchos años antes había comprado un cassette de The Beatles. Muchos años después estaba ahí, con ellos. Seis horas después salí del lugar. Salí porque se me acabó el dinero. La última cerveza la pagó mi bolsillo ayudado de la generosa caridad de alguien más.

En The Cavern John Lennon es brasileño, Paul McCartney es una mujer, George Harrison canta con acento chilango y Ringo Star es moreno y tiene el cabello lacio amarrado en una cola de caballo. 

La cereza en el pastel: Above us only sky...