Enero 2012.
He sido expulsado en dos ocasiones de la casa del Señor. La primera sucedió en la Santísima Trinidad, la iglesia católica más cercana a la casa de mi abuelita en Cd. Juárez. En la tierna infancia fui enviado ahí contra mi voluntad a hacer la primera comunión. Resultado: en una dinámica por parejas me puse irreverente con el guía espiritual y me echaron de la iglesia. La segunda ocasión sucedió nada menos que en el Vaticano.
De visita en Roma es obligado visitar la basílica de San Pedro. La primera ocasión que estuve ahí andaba turisteando con mi amada esposa y todo salió muy bien.
Un par de años después volví a pasar por ahí, en una escala rumbo a San Petersburgo. Tenía una espera de unas siete horas que no iba a pasar en el aeropuerto. Decidí irme a la ciudad y caminar todo ese tiempo. El problema es que esas siete horas eran de noche, algo como de 10 pm a 5 am. Ya no era un jovencito, el cansancio me venció. Iba caminando completamente agotado cerca del Vaticano y me encontré con un grupo de vagabundos durmiendo en la entrada de la plaza de San Pedro. No podía más, me acomodé en un rincón a intentar dormir un rato. Hay que tomar en cuenta que era un estudiante en aquel momento, no iba a gastarme veinte euros para dormir una o dos horas. Apenas me estaba acomodando, agarrando sueñito y de repente llegó el servicio de limpieza de la ciudad. Naturalmente nos echaron a todos, vagabundos y a mí, para hacer su trabajo. Y así fui expulsado nuevamente de la casa del Señor.