Enero 2007
En mis años teatreros tuve un amigo que me presentó al Cirque du Soleil. Un buen día vimos en su casa el video de Nouvelle Expérience y quedé completamente fascinado por el espectáculo. En enero de 2007 yo me sentía muy seguro de terminar mis estudios matemáticos, sólo me faltaba la tesis, un detallito. Así que decidí festejarme por adelantado. Le di unos besos a mi amada para convencerla de que me acompañara a Las Vegas a ver al Cirque du Soleil en vivo y en directo. Y así fue.
¡Bienvenidos!
Y ya que íbamos a hacer el gasto, decidimos estar tres días en la ciudad de los casinos y luces y espectáculos y todo lo demás. Creo que si a uno le sobran varios miles de dólares, la experiencia de Las Vegas puede ser muy divertida. Pero si no, no tanto. Pues sí, hay muchas lucecitas, muchos casinos, muchos eventos, pero todo fuera del alcance de un mortal. Y sin embargo, la visita tuvo su encanto. Un buen día se nos ocurrió jugarnos cinco dólares cada uno en la rueda de la fortuna. Y de repente, con mi último dolar, ¡me gané treinta! Lo malo es que la euforia se fue tan rápido como los treinta dólares que acababa de ganar. ¡Pinche vicio!
¡Pinche vicio!
Ella, mi hermosa compañera, y yo, en la torre del Stratosphere.
Y llegó el día... No nos importó y pagamos los mejores asientos para ver el espectáculo. Escogimos O. Y bueno, hubo algunos números más afortunados que otros. Pero lo que sin duda nos robó el aliento fue el final: todo el elenco parado sobre una plataforma, un hombre tocando el piano. Lentamente, la plataforma se hunde dando lugar a una alberca gigantesca que se traga a todos los actores, que no se inmutan. La música sigue.
¡Ah, Las Vegas!