Agosto 2013
Toca el turno de Manchester. Ahí fui a dar por invitación de Paola y Rafita, querida amiga y querido amigo que también estaban haciendo sus doctorados en ese momento. Rafa estaba encantadísimo con Manchester, tenía que ir a averiguar por qué.
Una noche bastó para entenderlo todo. En Manchester un bar no es un bar. Un bar es un templo. Un templo donde la fraternidad empieza desde el momento en que te acercas a la barra y una hermosa damisela, al verte abrumado por la variedad, te sonríe y te da a probar. Una vez tomada la decisión, una cantidad generosa del elixir de los dioses te acompaña a la mesa donde empieza la comunión. ¡El paraíso existe! Y después de aquel, uno tras otro, cualquier cantidad de bares que superan en originalidad y buen ambiente al que acabamos de visitar. Y así hasta el infinito.