domingo, 27 de abril de 2025

Londres

 Agosto 2013

Siguiente escala en el tour me-paseo-mientras-revisan-mi-tesis: Londres. La primera experiencia para recordar sucede directamente en el aeropuerto. Un policía muy sonriente me pregunta de dónde vengo. A mi respuesta siguió un come with me, en un delicioso acento inglés. ¿Qué podía esperar un joven mochilero viajando solo y llegando de Ámsterdam? Derechito al cuarto oscuro para una revisión a fondo. Sin nada que temer (la mariguana de Ámsterdam se quedó íntegra en mis pulmones) paso la auscultación y, muy contento, entro oficialmente a Inglaterra.

El gran Londres: aquel que nació, se convirtió en humo y resurgió de entre las cenizas. ¿Qué haces en Londres durante cuatro días? Viajas en el tiempo en algunos de sus museos (llevando contigo a Rosetta como traductora). Luego te das cuenta de que el hecho de ser gratuitos también tiene sus desventajas: en uno que otro no han cambiado nada en los últimos cincuenta años y todo se ve amarilloso y viejo. Recorres jardines mientras te imaginas la vida de la realeza. Te paras enfrente del edificio que explota en V for Vendetta y vuelves a revivir la escena. Te subes a los camioncitos rojos de dos pisos, visitas un barrio chino, te quedas en un hostal en el que te roban tu Oyster Card y una lana de paso, pasas frente al Albert Hall y te maravillas de la arquitectura alrededor. Y, naturalmente, bebes cerveza.

Probablemente esto último fue lo mejor de aquellos días: beber cerveza un lunes por la noche, hablando con un parisino de origen senegalés y una canadiense que toca el acordeón en el Ain't nothing but. Y salir de ahí completamente alcoholizado después de oir unas buenas rolitas sintiéndote tan contento que quieres abrazar y besar a todo lo que va caminando por la misma banqueta londinense sobre la que vas arrastrando tus pies.