sábado, 3 de enero de 2026

Tokio

Mayo 2014

Después de un par de semanas en Osaka, el buen Takis me avisó que iba a recibir a otro colega y le preocupaba dejarme solo. ¡Faltaba más!, yo podía seguir trabajando solito, no problem! Pero, tan hospitalarios como son, no podía permitirse ignorarme mientras estaba su otro invitado. Su solución: me mandó una semana a Tokio, a platicar con la mismísima Shihoko Ishii. Y así fui a dar a la gran capital del imperio del sol naciente, en un viaje de tren que incluyó una preciosa vista del monte Fuji.

Shihoko Ishii es una de las estrellas de las singularidades japonesas. En ese momento era la directora del instituto de matemáticas de la Universidad de Tokio. Y yo era un perfecto desconocido para ella. Aún así, accedió alegremente a recibirme esa semana que el Takis estaría ocupado. Como toda la gente con la que traté en aquella estancia, Ishii fue increíblemente amable. Pese a todas sus ocupaciones, se dio tiempo para hablar conmigo sobre mis proyectos del momento, para llevarme a cenar a un lugar maravilloso e, incluso, ¡para jugar videojuegos conmigo! Así como se oye: la directora de uno de los institutos de matemáticas más importantes del mundo, una matemática de altos vuelos, me obsequió una tarde muy divertida en un establecimiento de videojuegos, nada menos que en Shibuya, una de las zonas de vida nocturna más vibrantes de Tokio. Naturalmente, después de los videojuegos yo me quedé a explorar la zona, llena de anuncios luminosos, tiendas, bares y mucha, mucha, mucha gente.

Curioseando las tiendas de música por ahí, me compré el único disco de rock en japonés que poseo, de una banda cuyo nombre no puedo pronunciar. 


Acabado el paseo, era momento de volver, con lo que dirigí mis pasos a la estación Shibuya. Me quedé pasmado frente al mapa del metro. Shibuya es una estación con muchísimas correspondencias, era simplemente imposible encontrar la línea que me llevaba a casa. ¡Entré en pánico! Seguramente se notó porque un par de jóvenes se acercaron a ayudar al pobre turista occidental. De alguna manera logré decirles a dónde iba. Y ahí me puse nervioso. Entraron al metro conmigo, uno me tomó del brazo, el segundo se puso a mi otro lado. Y yo pensé: ya valió madres, estos güeyes me van a asaltar. Caminamos juntos unos minutos, me llevaron hacia un andén, hicieron algunas señas indicando que esa era mi línea y, muy sonrientes, se despidieron. ¡Mis héroes! 

El resto de la semana transcurrió entre matemáticas (uff, qué dura fue la plática que di, no hay manera de sacarles una sonrisita a los amigos japoneses), visitas al mercado del mar de la ciudad, templos, mini ciudades futuristas, toparme con jóvenes cosplayers y presenciar ceremonias religiosas enmedio de un gran bazar.