Mayo 2013
Tras una larga travesía que incluyó recibir la visa rusa un día antes del viaje hasta aquella escala en la que sería expulsado de la casa del Señor, llegué a San Petersburgo para asistir a un congreso de álgebra computacional en el Steklov Mathematical Institute.
La primera experiencia que habría de quedar grabada en mi memoria fue la revisión del pasaporte por parte de los agentes de migración rusos. Un tipo muy blanco detrás de una ventanilla me miró con una frialdad comparable al invierno de Siberia. Durante varios segundos que me parecieron interminables, el agente alternaba su mirada entre el pasaporte y yo. Ese ir y venir de sus ojos entrenados para hacerte confesar crímenes inexistentes me llenaron de terror. Yo pensaba: ¡me voy a equivocar cuando me pregunte mi nombre!
Aquel era un congreso de álgebra computacional. A mí me invitaron porque por aquellos tiempos yo estaba muy clavado con los abanicos de Gröbner. Además estaba muy interesado en asistir porque ahí iba a estar un conocido matemático con el que tenía mucho interés en platicar. Parte de mi tesis le daba continuidad a algo que él había hecho con otro colega. En cuanto pude me acerqué y le platiqué mis avances. Pero qué decepción me llevé: al señorcito le pareció que mis resultados eran falsos. Alguien me dijo una vez que no siempre es buena idea conocer a tus héroes. El personaje es cuestión no lo era pero sí que tenía mucho interés en compartirle mi trabajo. Un par de semanas después le conté la anécdota a mi asesor, completamente desconsolado. Él, tan bueno y optimista como es, me dijo que la incredulidad de aquel tipo era una buena señal porque era evidencia de que el trabajo no era trivial. Menudo consuelo.
Transcurridos unos días de congreso nos relajamos un poco. Hacia el final de la semana tuvimos la cena del evento, en el mismo lugar. Por mi querido asesor ya sabía de la bonita tradición rusa de que todo mundo se echa un discurso en esos eventos. Aún así no me preparé y sin previo aviso me piden dar unas palabras. ¡Madres! Aquello no salió bien. Empecé por dar las gracias seguidas de un intento fallido por chulear la ciudad. Sin darme cuenta lo único que parecía que estaba diciendo era que la ciudad se veía vieja y descuidada. Qué horror. En la desesperación me salí por la tangente diciendo que un estudiante ya me había enseñado algunas palabrotas en ruso. Risas, gracias otra vez e inmediatemente me senté.
Pasados los discursos, ¡empieza la fiesta! Música, rica comida y vodka. Mucho vodka, más del que podía aguantar. Había un señorcito en particular que no dejaba de servirme. Al parecer era vodka que él había hecho en su casa, lo que por cierto alguien dijo que era ilegal. No sé cómo me mantuve de pie. Acabada la fiesta, los estudiantes nos fuimos al hotel a seguirle. Y continuamos con cerveza. Tal vez me bebí una o dos cuando un joven ruso me dijo: ¿no prefieres irte a dormir? Ahí aprendí que hay niveles en esta vida y los amigos rusos son muy avanzados.
La historia continúa por las calles de San Petersburgo, con muchas dificultades para comunicarse con la gente, hablando con señas en casas de cambio donde solo hablan ruso, viendo los preparativos para la celebración de la victoria contra los nazis, una visita rápida al famoso museo del Hermitage, una comida en McDonald's. La visita termina con una muy larga caminata hasta las orillas del mar Báltico, viendo el atardecer y pensando en lo lejos que estaba de casa.