miércoles, 16 de abril de 2025

Ámsterdam

Agosto 2013

Terminé de escribir mi tesis en junio del 2013. Un mes después mi asesor, el gran Mark, había terminado de leerla. Las correcciones señaladas fueron rápidamente resueltas y la tesis siguió su camino hacia los sinodales, no había más qué hacer sino esperar. ¿Y por qué esperar sentado? Mochila a la espalda, ¡a la aventura! Seguirían tres semanas de paseo por tres países, pasando por cinco ciudades. Primera escala: Ámsterdam.

La vida nos regala de vez en cuando alegres coincidencias, encuentros inesperados, divertidas casualidades. Los días en Ámsterdam quedarán grabados en mi memoria como la más extraña colección de circunstancias imposibles o desafiantes de toda ley de probabilidad. Esta es la historia de aquellos días tan insólitos.

Siendo ciclista que pedalea en ciudades mexicanas, podrán imaginar lo maravillado que estaba con la infraestructura que tienen las ciudades francesas para circular en bicicleta. Pero lo que vi en Ámsterdam fue completamente otro nivel. ¡Aquella era una ciudad hecha para las bicicletas! Semáforos especiales, reglas de tránsito, un respeto religioso por el ciclista, hartísimas bicicletas. Todo aquello me pareció fascinante. En cuanto pude renté una bici y me entregué al amor colectivo de aquella gente por las dos ruedas.


Sí, también di una vuelta por el barrio rojo. Bastante curioso todo ese asunto. Recuerdo familias enteras paseando por ahí, también muchos batos babeando y otro tanto de mujeres muy indignadas. Estaba en eso cuando, entre la gente, me pareció reconocer a alguien. ¿Poncho? ¡¡Poncho!! Ahí, entre miles de turistas de todos lados del mundo, me fui a encontrar con un amigo de la muy lejana Cd. Juárez. ¡¿Cómo diablos?! Poncho, a quien no había visto en cualquier cantidad de años, estaba ahí, vacacionando con unos compitas mexas. La simpática coincidencia se explica un poco por el hecho de que Poncho trabajaba en esos años en Eslovenia. Aún así, encontrarnos tan lejos de casa me pareció casi un milagro.

¡Mariguana! 

La más predecible de las experiencias que quería tener en Ámsterdam era visitar un bar de mariguana. Después de consultar mi guía de turistas (bendito Routard), dirigí mi persona hacia el Mellow Yellow. La sorpresa inicial fue enterarse de que había un menú. Mariguana tal y tal y tal, precios variados. Hice mi compra pero, siendo incapaz de liar el cigarro yo mismo, solicité ayuda a la chica que atendía el negocio. Ella, con una linda sonrisa, armó rápidamente el cigarro (no sin antes preguntarme: ¿te lo mezclo con tabaco?, a lo que contesté: ¡por supuesto que no!, para recibir como respuesta: ah, ¡un conocedor!) y lo selló pasandole por encima su lengua salivosa. Me entregó un cigarro de una longitud escalofriante. Le dije: de ninguna manera podré fumarme todo esto ahora mismo. Una nueva sonrisa acompañó la respuesta: no te lo tienes que acabar ahora, te lo puedes llevar y fumártelo donde quieras. Ese cigarro sería mi fiel compañero el resto de mi estancia en Ámsterdam. Tomé el cigarro, me senté e inhalé profundo. Un jalón, dos jalones, tres jalones. Estaba completamente perdido. Recuerdo vagamente a la chica acercarse a mi mesa para recoger algo. Era imposible fumar más, mi mente ya estaba completamente anestesiada, volando en todas direcciones. Era momento de salir.

En aquellos años disfrutaba mucho ver cine con los sentidos alterados. Mi plan era entonarme, dar un paseo y terminar en el famoso Theater Tuschinski, un cine Art Deco que se anuncia por todas partes como una imperdible atracción de la ciudad. 

Salí del bar completamente desorientado. Vi mi mapa, era incapaz de leerlo. Caminé un poco, di vuelta; caminé otro poco, otra vuelta. Repetí la operación cuatro veces: estaba frente al bar. ¡Madres! Me acerqué a un mapa gigante para turistas que había por ahí, imposible descifrarlo. No tenía remedio, la experiencia del cine sería para otra ocasión. Más relajado, me entregué a la contemplación de la ciudad. Procuré todo el tiempo caminar cerca de grupos de gente, no quería morir atropellado. Me dejé llevar por las multitudes que se movían arbitrariamente, en todas direcciones. Transcurrió un tiempo que no puedo estimar y, de la nada, ¡que aparece el cine! La marea de gente generosamente me había guiado hasta mi destino. Lleno de júbilo me acerqué a ver la cartelera. En realidad no importaba la película, yo simplemente quería entrar y apreciar el edificio. Pedí un boleto para alguna función que estaba por empezar. Entré al edificio, una sonriente damisela me pidió el boleto, me dio una serie de indicaciones en neerlandés (que evidentemente no entendí) y me dejó pasar. Un nuevo reto: frente a mí se encontraba un oscuro e interminable pasillo, lleno de puertas. Me interné en las tinieblas y abrí cualquiera de ellas. Una sala majestuosa apareció ante mis ojos, la pantalla al fondo mostraba escenas en el espacio exterior. Una alegría desbordada me invadió, había logrado el cometido. Tenía infinitas butacas para escoger, todas eran perfectas. En la peli, que recién comenzaba, se alternaban escenas de un pueblo polvoriento con escenas de obscena abundancia en la luna. Todo esto acompañado de una voz en off. Una voz en español. Una voz extrañamente familiar. Qué curioso, pensaba, cómo se parece... Unos instantes después una mujer aparece en la pantalla continuando con el relato. ¡Esa mujer era Yolanda Abbud! ¡Frente a mis ojos se encontraba enorme aquella queridísima amiga de los años del teatro en Cd. Juárez! La peli en cuestión: Elysium. Después de juaritos, una parte del grupo de teatreros se fue a la Ciudad de México a probar suerte. Yolanda hizo cine y yo me la encontré brillando en la pantalla grande en Ámsterdam. Completamente extasiado por la serie de imposibles circunstancias que me llevaron a ese lugar y a ese momento, me entregué a la historia que nos estaban contando. La película terminó, la sala se iluminó y yo volví en mí como despertando de un sueño.

Aún quedaban dos terceras partes de aquel cigarro mágico. Otra tercera parte entró a mis pulmunes  frente al museo de Van Gogh. Recuerdo, de entre toda la obra, un pequeño cuadro de un atardecer en el campo, el horizonte sugerido a la mitad y una diminuta silueta enmedio de todo. El sol y la silueta me tuvieron hipnotizado por un tiempo imposible de determinar.

Los días en Ámsterdam llegaban a su fin, tenía que fumarme la tercera tercera parte. Vondelpark fue el lugar. Recostado en el pasto, pensé en los gruesos brochazos de Van Gogh al tiempo que veía las hojas moverse por el viento.