Mayo 2014
Última visita en la gira japonesa: Kioto, la hermosa capital cultural de Japón.
El teatro me ha acompañado toda mi vida adulta. Llegando a Japón le pregunté a mi anfitrión, el gran Takehiko, si había espectáculos de teatro Noh que pudiera ver. Menudo aprieto en el que lo metí. Ese teatro es cosa vieja, nunca en su vida había visto un espectáculo de esos. Y, aseguraba, no lo encontraríamos en Osaka. En su infinita amabilidad, el buen Takis se dio a la tarea de buscar algún lugar donde pudiéramos ver aquel mentado teatro Noh. Y lo encontró, pero tendríamos que viajar a Kioto. Y fuimos a Kioto, solo para eso. Nunca olvidaré ese gesto del Takis. Y allá fuimos, muy emocionados porque veríamos teatro Noh por primera vez en nuestras vidas.
Uff, qué tragedia. Pero no la del espectáculo que vimos, sino la de la experiencia de verlo: ¡qué insufriblemente aburrido es aquello! Alrededor de cinco horas de cuadros de tres o cuatro personajes que, sosteniendo una posición durante un tiempo que parecía una eternidad, recitaban algunos textos en un japonés antiguo (¡son textos milenarios, ni Takis lo entendía!). El poderoso café que nos tomamos antes de entrar no logró evitar que nos durmiéramos en algunos pasajes de la obra. Horas después, entre risas, logramos reconstruir entre los dos el espectáculo completo. Vaya experiencia.
De vuelta a Osaka, llegó el momento de despedirse de Japón. Terminé profundamente enamorado de aquel país y de su gente. Podía intentar quedarme más tiempo, hacer un posdoc con el buen Takis, por ejemplo. Lo hablé con la esposa por Skype y me sentenció: si te quedas allá, adiós. ¿Valía la pena el divorcio? Ya nunca lo sabré.


